Organizamos este webinario a ocasión de la publicación del libro “Combatir en el Nuevo Mundo” (Dunken, 2026) de François Soulard (autor, docente del diplomado en Geopolítica e inteligencia económica, integrante de la comunidad Kairos).
Sábado 30 de marzo 2026
9h - Centroamérica | 10h - Bogotá-Lima | 12h - Buenos Aires-Santiago-Montevideo
Duración: 1h
Resumen
El Nuevo Mundo es hijo de la espada y del combate, como otros continentes. Se forjó a partir de una batalla fundacional: la de un puñado de conquistadores contra los imperios precolombinos. Este primer enfrentamiento estratégicamente inédito cede el paso a una segunda batalla librada en el campo socioeconómico y político. Asentar un imperio hispánico tan extenso implicó primero edificar una estructura que integrara y diera cabida al Otro.
Durante tres siglos, los jesuitas y la Corona española encabezaron una matriz socioeconómica que generó una unidad amerindia, muy original y no estrictamente colonial.
A partir del siglo XIX, las rivalidades imperiales dieron paso a una nueva era en el continente. Inglaterra fomenta las divisiones en el área iberoamericana mediante la ideología liberal y la pugna interna por las independencias. Tras el largo periodo de guerras civiles, el auge de Estados Unidos y la aparición de un nuevo actor, el condominio angloamericano, se produce una remodelación de Iberoamérica mediante un arte de combate aún más desarrollado. Instrumentalizan la lucha revolucionaria aliándose con Cuba, libran guerras económicas encubiertas, intervienen mediante la fuerza, infiltran las élites y controlan dialécticamente el conjunto de la región.
Iberoamérica no se puede entender fuera de estas grandes contiendas. No conoció la violencia extrema que asoló Eurasia en el siglo XX, pero ensayó modalidades de guerra muy creativas que fueron capaces de elevar o avasallar sus ambiciones. Esta obra sintetiza cinco siglos de combate para llegar a una mejor comprensión de la realidad actual.
Introducción del libro Combatir en el Nuevo Mundo
Siempre se puede empezar de nuevo, porque siempre hay un nuevo mundo.
Octavio Paz
El Nuevo Mundo pretende a veces existir al margen de la guerra. La imagen de una Europa arrasada una y otra vez por el paroxismo de la guerra lo molesta, e incluso le hace demostrar cierta condescendencia. Esta apreciación no es del todo errónea. América puede alegrarse legítimamente de haber evitado los grandes cataclismos totalitarios acontecidos en el suelo europeo y euroasiático y de no haber experimentado los interminables ciclos de guerra intraeuropea. Desde un punto de vista histórico, sin embargo, la historia del continente americano se ha escrito, al igual que en otros lugares, luchando y combatiendo con la punta del cuchillo. Desde la aparición del Nuevo Mundo, e incluso mucho antes, la espada y la fuerza han forjado profundamente las sociedades precolombinas y amerindias. Prueba de ello es la época prehispánica, cuando los imperios indígenas practicaban sin pudor sus formas tiránicas de dominación. En la época de la conquista española, el continente quedó completamente dado vuelta gracias a una prodigiosa inversión de la correlación de fuerza, cuyos principios se exportaron posteriormente al resto del mundo al momento de la expansión colonial europea. En América, como en otras partes, la guerra total premoderna se pagó con un alto precio, particularmente en Paraguay en la década de 1860. Para bien o para mal, las guerras civiles que diezmaron el continente a lo largo del siglo XIX dieron lugar a las herramientas conceptuales que permitieron a América entrar en el mundo moderno y aprovechar las nuevas interdependencias globales. Si bien es cierto que América siempre se ha mantenido alejada del epicentro geoestratégico del planeta, no deja de ser un lugar profundamente marcado por el choque y la confrontación. De hecho, por su aspiración a construir un espacio nuevo y en constante renovación, la quintaesencia de América tiene probablemente que ver con reproducir siempre un choque primario de voluntades.
Como en otros lugares, los pueblos de América han tenido que luchar para sobrevivir, resistir, dañar o conquistar. Aquí y allá, las sociedades indoamericanas han tenido que superarse para asimilar nuevas ideas y adaptarse a su entorno conflictivo. Desde un punto de vista antropológico, el combate es una respuesta individual y colectiva a la violencia sufrida o infligida. Más ampliamente, se refiere a la forma en que las comunidades humanas se organizan para modificar un equilibrio de poder y confrontar sus proyectos de existencia. Así pues, las culturas de combate, sus referentes ideológicos y conceptuales, sus objetivos y sus modos de acción están íntimamente ligados al entorno civilizatorio y estratégico en el que se forman.
Este libro suscribe a esta premisa. Recorre los tres grandes periodos históricos que constituyeron el telón de fondo conflictivo del continente americano: en primer lugar, la conquista hispánica inaugural y la época del imperio hispánico; en segundo lugar, las guerras de independencia y la transición del poder hispánico al dominium informal de Inglaterra; en tercer lugar, la llegada de los nuevos conquistadores capitalistas en los Estados Unidos y su gran remodelación regional. A primera vista, estas tres secuencias pueden parecer triviales. No obstante, constituyen el hilo conductor que une la multitud de culturas estratégicas forjadas en el marco del hispanismo y del Nuevo Mundo.
La conquista fundacional de las Américas es el hito inaugural de nuestro viaje. Su alcance es comparable al que ha tenido la Anábasis de Alejandro Magno o a la expansión del Islam desde España hasta las fronteras sino-indúes entre los siglos VII y VIII. Dos conquistadores destacados, Hernán Cortés y Francisco Pizarro, dirigen las campañas militares que conducen a la caída de México y Perú en el siglo XVI. Un pequeño puñado de hombres consigue así romper un equilibrio de poder que les es totalmente desfavorable, frente a sociedades indígenas muy jerarquizadas. Tras la fase inicial de conquista, el imperio hispánico se asienta en un sistema imperial original, no exento de abusos y rebeliones indígenas. Esboza los contornos de un modelo generador que difiere del modelo colonial ensayado en otros lugares, y que no será reproducido por ninguna otra potencia europea. Más al norte, la expansión angloamericana se basa en una relación diferente con el Otro. Choca con sus propias contradicciones y planea acabar con la población indígena. La cohesión hispana se ve reforzada por el apoyo de congregaciones católicas, tales como los jesuitas y los franciscanos, cuyos “soldados de Dios” consolidan la infraestructura espiritual y cognitiva del imperio y de la orden real. Su presencia es decisiva para la integración de las poblaciones indígenas y la cohesión territorial y constituye lo que hoy podría calificarse como ingeniería social “positiva”. Así, durante tres siglos, el imperio hispánico se mantuvo próspero e invencible. Solo fue atacado con éxito en el terreno de las representaciones espirituales y culturales. La “leyenda negra” hispanofóbica es el avatar de esta voluntad visceral por debilitar la potencia hispánica. Más aún, la búsqueda obsesiva por escapar de un imperio que domina a Europa y controla una parte del mundo da origen al protestantismo y al nacionalismo. En el fondo, se trata de una guerra política y cultural, librada durante un periodo muy largo, que reproduce de otro modo la que se desarrolló en el imperio romano durante la Antigüedad.
La segunda secuencia histórica se inicia con el declive del dominium hispánico y el auge del imperio “informal” de Inglaterra. La caída de las monarquías portuguesa y española en la Península Ibérica se desencadena con la irrupción de Napoleón. Este último precipita la disolución de los virreinatos de ultramar, con la excepción de Brasil, que reconstituye una entidad monárquica. Comienza la era de las independencias. Se abre la caja de Pandora de una comunidad iberoamericana haciendo frente a un asombroso vacío de autoridad y poder. ¿Cómo fundar una comunidad política sin la presencia de reyes, sobre todo cuando todos los referentes ideológicos acababan de ser barridos por las revoluciones liberales? Las élites surgidas en esta época se van a involucrar entonces en guerras intestinas en las cuales se enfrentan múltiples corrientes políticas e ideológicas. El resultado es un largo ciclo de guerras civiles que dura todo el siglo XIX. Antes hay que liberar al continente del yugo militar español. Dos estrategas singulares, San Martín y Bolívar, se elevan por encima del tumulto de insurrecciones que recorren el continente. Idean e implementan un plan para la liberación política y militar del continente. Una vez formados los primeros Estados autónomos, la guerra interestatal se convierte en el motor de la construcción del Estado nacional. Chile gana la guerra económica del Pacífico contra Bolivia y Perú. Las pretensiones de Paraguay son aplastadas por la guerra total de la Triple Alianza, liderada por Argentina, Uruguay y Brasil. Tras este conflicto fratricida, Argentina supera a Brasil y se integra durante un tiempo en el grupo de los primeros países industriales a finales del siglo XIX. Otras naciones también realizan su transición de la cultura señorial del caudillismo a una cultura estatal tras un largo siglo de guerras fratricidas. Como potencia imperial, Inglaterra ha aprovechado estos cambios para instalarse como socia de la emancipación sudamericana. Tal acercamiento tiene, obviamente, un doble filo. Incapaz de penetrar militarmente el continente, Gran Bretaña se propone ahora dominarlo de otras maneras. Teje un dominium infraestructural, influyendo simultáneamente en las élites sudamericanas, encerrando a las naciones en la dependencia económica y agitando la leyenda negra contra lo que queda de unidad hispana.
El siglo XX es otro gran periodo estratégico de América, y en particular de los Estados Unidos de América. Mucho antes de que la expresión Nuevo Siglo Americano fuera resucitada hace unas décadas por los neoconservadores estadounidenses, la etapa que comienza alrededor del año 1900 es una verdadera edad de oro para la potencia estadounidense y, en menor medida, para sus homólogos sudamericanos. Washington comienza a proyectar su poder en todo el planeta. En 1898, Estados Unidos gana la guerra hispano-estadounidense y se apodera de Cuba, Puerto Rico, Filipinas, Guam y Hawái. Tras la escisión de más de la mitad de México en 1848, esta nueva amputación por la fuerza es vista como una tragedia por los hispanoamericanos. Al mismo tiempo, el peso económico de los Estados Unidos va superando al de Inglaterra. Mientras Washington se lanza a la conquista de los mercados sudamericanos, la inversión británica y francesa en la infraestructura agroexportadora argentina sigue masiva. Venezuela, México y Cuba la siguen de cerca. Hispanoamérica tiene una estabilidad política todavía frágil y estrechamente entrelazada con el área de influencia británica. En etapas sucesivas, los Estados Unidos ponen fin a las aventuras militares europeas en el continente. El hemisferio se convierte, por así decirlo, en un santuario, mientras Washington inicia sus reflejos imperialistas practicados poco tiempo atrás por los europeos. Al mismo tiempo, la potencia acumulada por los pioneros del capitalismo industrial modifica las correlaciones de fuerza interna. La vertiginosa influencia adquirida por las grandes familias empresariales, tales como Morgan, Rockefeller, Harriman, Carnegie y Rothschild, preocupa a ciertas fuerzas políticas dentro de los Estados Unidos. En junio de 1898 se funda la Liga Antiimperialista para oponerse a esta aporía depredadora. Los Estados Unidos adquieren un poder geoeconómico y pretenden ser el paladín de la libertad universal. En ese momento, no hay indicios claros de que su ambición fuera la de formar un imperio global o reconfigurar América Latina. Pero esta visión estratégica es perseguida principalmente por un sector de las élites angloamericanas. El bagaje estratégico que los grandes emprendedores anglosajones han movilizado en la construcción de su imperio productivo les permite ahora proyectarse en la escena internacional. Surge un establishment angloamericano y, con él, una nueva edad imperial. Diseña un dominium sobre toda América del Sur, empezando por infiltrarse y ocupar la potencia de los Estados Unidos, en constante estado de conflicto con su armadura republicana. Tal proyecto no constituye un fenómeno accesorio o marginal. Altera el destino estratégico del continente y lleva a las naciones iberoamericanas a una profunda reconfiguración, vigente hasta el día de hoy. Esta última toma la forma de lo que no sería exagerado llamar una “gran remodelación” de la región que no se reduce a la mera idea de “patio trasero” de los Estados Unidos.
Esta agenda ofensiva alcanza su velocidad de crucero en 1948, al momento de los disturbios del Bogotazo, en Colombia. Allí el escenario está preparado para desplegar la Guerra Fría donde el comunismo es designado como el chivo expiatorio de la violencia desatada en Colombia. Otra secuencia comienza en Cuba, con el triunfo de la revolución cubana en 1959. Esta última difunde el socialismo revolucionario por toda la región. Las acciones armadas se convierten primero en un fiasco, mientras los Estados Unidos apoyan a los candidatos golpistas y sus acciones militares en todos los lugares posibles. Paralelamente a los ciclos de desestabilización política, se despliega un proceso de depredación económica. Los casos de Chile y Argentina son emblemáticos de este periodo de 1960 a 1990. Ambas repúblicas, desestabilizadas por la insurrección fomentada por La Habana y el establishment angloamericano, ven decapitada su autoridad legítima por las juntas militares. Sus economías quedan entonces atraídas en la órbita de Washington. Una vez finalizada la Guerra Fría, surge una nueva polarización en torno a Cuba y Venezuela. Los dos regímenes promotores del “socialismo del siglo XXI” se convierten en nuevos actores ambiguos. Cuentan con la ayuda clandestina de los Estados Unidos, mientras son presentados en la superficie como un nuevo oscurantismo totalitario del que las sociedades sudamericanas deben distanciarse. Esta nueva tensión antagónica es magistralmente explotada hasta nuestros días para mantener dóciles, usurpadas o debilitadas a las repúblicas sudamericanas.
La matriz de combate ampliada en la que pivotea esta remodelación geopolítica produjo resultados de gran alcance. Desplaza los límites habituales de la acción estratégica y la influencia. Estudiarla en profundidad no es tarea fácil ya que pocos autores han intentado describir esta última trama con rigor en Sudamérica. Además, el investigador tiene que liberarse de ciertas ideas preconcebidas, sortear fuentes documentales y versiones contradictorias, y desenterrar los hechos de forma casi arqueológica. Esta modificación del terreno perceptivo, denominada oficialmente “guerra de quinta generación” desde la década de 2000, es precisamente uno de los efectos buscados por los estrategas de esta política. La forma en que triangulan los conflictos y se desdibuja la percepción del enemigo a partir del siglo XX altera profundamente la trama estratégica. Es posible que los lectores lleguen a sentir cierta resistencia, tanto mental como subjetiva, al sumergirse en los entresijos de una realidad tan contradictoria y encriptada. Esta reticencia es entendible. A su vez, si la presentación que sigue logra su propósito de comunicar una substancia lo suficiente clara, la “elevación de conciencia” resultante de la compresión de esta matriz conflictiva es siempre una experiencia rica y transformadora.
La perspectiva histórica presentada en este libro ahonda en las raíces íntimas y muchas veces no conocidas de estas grandes etapas. Los capítulos presentados fueron elegidos teniendo en cuenta su importancia estratégica o su carácter innovador. No pretenden ser exhaustivos. Mi prioridad ha sido centrarme en la comprensión del desarrollo estratégico del continente a través de secuencias históricas específicas. Si bien es cierto que estas secuencias implican rupturas, las culturas estratégicas que las sustentan demuestran, no obstante, una relativa continuidad en la medida en que han sido capaces de amalgamarse y enriquecerse de un periodo a otro. Por último, el enfoque de este trabajo se ha esforzado por atenerse a la naturaleza misma de los enfrentamientos históricos, es decir por transgredir ciertos preconceptos o límites en el marco del análisis histórico y militar. En efecto, el continente fue blanco de una guerra cultural para alterar su potencia memorial de manera tal que muy pronto, las batallas en el Nuevo Mundo se convirtieron, por así decirlo, en choques no militares e “inmateriales”. Se desplegaron en el terreno de la percepción del Otro, de su cultura o de su cuerpo económico, y luego se extendieron a todos los ámbitos del tejido social.
Para llevar a cabo este trabajo, me he basado en lo que considero las obras historiográficas más significativas, así como en la apreciación personal que forjé como observador activo del continente a lo largo de más de una década.
